El control
Con toda seguridad habremos hecho el comentario acerca de niños/as,
no tan niños/as y de numerosos/as deportistas de nivel a los/as que
catalogamos en dos categorías: duros/as y blandos/as. Duros/as: se
crecen ante la competición
y saben dar lo mejor de sí mismos/as en los momentos claves. Blandos/as:
se derrumban y se vienen abajo inexplicablemente, a menudo a pesar de su superior
calidad.
Todo ello está relacionado con el mundo de las emociones y el control
de las mismas. La competición excita al/a la deportista, sube entre
otras cosas sus niveles de adrenalina, le motiva para conseguir logros. Este
hecho
incidirá notablemente en su comportamiento deportivo. ¿Cómo?
Depende de quien lleve las riendas; el individuo o las emociones. Este es el
momento en el que surge el control.
LOS MIEDOS Y SUS CONSECUENCIAS:
La competición es una confrontación, una situación amenazante
susceptible de generar miedos e inseguridades. El organismo humano reacciona
ante esta situación, como ante cualquier otra de similares características:
enviando señalas de alerta, encaminadas a hacer frente al peligro. En
función de variables como el carácter de la situación
o los recursos del individuo, la respuesta interior será positiva: puedo
superar esta situación o negativa: la situación me supera.
En este 2º caso, el abanico de respuestas es tan amplio como los sentimientos
que se generan. De entre ellos los más comunes son:
- Inseguridad
- Frustración
- Ansiedad
- Apatía (que muchas veces no va relacionada con la desidia sino con
un bloqueo mental)
Estas sensaciones dan origen a una conducta típica del/de la deportista
superado/a, que se caracteriza por:
- Deformación del contexto deportivo en el que se mueve. Una de cuyas
manifestaciones es el dar una importancia desmedida al hecho competitivo y
su entorno.
- Falta de equilibrio en la toma de decisiones.
- Falta de seguridad en sus recursos y capacidades.
- Carencia de objetividad a la hora de valorar las situaciones, las relaciones
con sus compañeros/as o las decisiones del/de la entrenador/a. Una manifestación
típica es el/la jugador/a que se siente constantemente discriminado/a,
injustamente tratado/a y por ello no quiere (no puede) aportar nada al equipo.
- Hiperestesia (aumento patológico de la sensibilidad). No tolera las
correcciones, los gritos, se “lesiona” constantemente.
EL/LA ENTRENADOR/A Y EL CONTROL:
Vaya por delante que el/la entrenador/a no es un/a psicólogo/a y
que hay casos y situaciones relacionadas con el control en los/as deportistas
que
requieren terapias que deben ser administradas por un/a especialista. Pero
el entrenador/a
puede ayudar (y mucho) en la mejora del control de sus jugadores/as, utilizando
diversas estrategias, que en su mayoría vendrán dictadas por
la experiencia y el sentido común.
Con el/la jugador/a:
- Hablar con quien necesite ser escuchado/a. A veces no hace falta más.
- Procurar que cada persona tenga una idea acerca de lo que se espera de él/ella,
y que esta idea esté acorde con sus posibilidades y su situación en
el equipo.
- Transmitir confianza. Conseguir que el/la jugador/a sepa que es merecedor/a
de una credibilidad largo plazo, que va más allá de un partido
o de una coyuntura concreta.
- Objetividad en las expectativas. Atención a aquellos/as deportistas
que esperan demasiado del deporte.
Con el grupo:
- Programación racional del trabajo que permita que sus jugadores/as
lleguen en buen estado físico a la competición. Un/a deportista
sobreentrenado/a o cansado/a pierde más fácilmente el control.
- Conseguir que su plan de trabajo sea entendido y asumido por los/as jugadores/as,
lo que propiciará un buen ambiente de trabajo.
- Atajar los problemas o conflictos que puedan surgir en el colectivo, eliminará un
factor desencadenante de la pérdida de control.
En los partidos:
- Transmitir a los/as jugadores/as una idea clara, real y tranquila de las
expectativas de éxito y fracaso. Evitar dramatismo.
- Exponer una idea clara del plan: objetivos, estrategia, desarrollo.
- Animar a los/as jugadores/as utilizando refuerzos positivos. Dar confianza
- Dar las instrucciones de una manera clara y precisa. La confusión
genera descontrol.
- Cortar de raíz las acciones descontroladas: quejas, gestos, malos
modos...
- Mostrar emociones pero nunca perder el control. Es muy difícil pedir
control cuando uno mismo lo ha perdido.
- Cuando el partido finaliza tener un protocolo de actuación independiente
del resultado. Saludar a los/as jugadores/as, felicitarles por el esfuerzo, etc.
Algunas sugerencias:
Si valoramos el control como un valor decisivo, pensamos que además
de los enunciados anteriormente al/a la entrenador/a le conviene tener en cuenta
algunos detalles:
- A la hora de seleccionar a los/as jugadores/as no fijarse sólo
en sus cualidades técnicas. Un/a jugador/a sólido/a mentalmente
es siempre un/a buen/a compañero/a
de viaje.
- Tener preparadas soluciones reales para las situaciones adversas. Huir de
la frustración y de la bronca sin salida, son el mejor caldo de cultivo
para el desánimo.
- Fijar límites para la exigencia: intensidad física, mental
o agresividad, que no se traspasarán nunca.
- Para trabajos y casos que requieran terapias específicas recurrir
a un/a especialista.